Volver a marchar

Todo lo que necesitas para comenzar una revolución feminista es una amiga, dicen. Otra cosa es que a tu amiga le motive el tema tanto como a ti. Esta máxima es hermosa y muy cierta en 2017, pero el 2007 era más bien solo lo primero. El feminismo no era catchy, habia pocas por ahí ilustrando vulvas o trucando de mil formas el afiche de “We can do it!”. El qué hacemos si los hombres se declaran feministas no era precisamente el peor de los problemas. Era que hacíamos para que Chile se enterara de que nos estaban matando por ser mujeres. No quiero sonar –demasiado- dramática ni restarle importancia a las cosas que discutimos hoy. Diría que el espacio de lo que en el feminismo resulta mainstream se ha expandido en forma considerable. Hoy no solo hablamos de cómo nos siguen matando, sino también de si se puede ser feminista y escuchar reggaetón, vestirse o posar sexy, celebrar un embarazo, comer carne… Este 8 de marzo de 2017, resulta claro que somos bastantes feministas más que en el 2007, cuando por primera vez me dio la impresión de que yo era no solo una simpatizante, sino una de ellas.
Descubrir o decidir que era feminista (es un poco de ambos), no fue un proceso fácil, menos instantáneo. Aun creía que la violencia era un problema de las otras, a quienes compadecía y con quienes solidarizaba desde una posición más bien cómoda, de quien piensa que no necesita el feminismo, no sé si les suena. Aun pensaba que si mi profesor 40 años más viejo que yo me invitaba al cine era por mi culpa, por haberme interesado demasiado en la Comuna de Paris, por no saber qué responderle.
Pensaba también que mi obsesión por adelgazar era un hecho anecdótico, a lo más una especie de karma y por supuesto culpa mía, porque en realidad no debería preocuparme de cosas tan superficiales, tenía que ser como las mujeres cool que no necesitan el feminismo y se van de chelas con los amigos, no con las amigas porque son más de amigos hombres, porque las mujeres se quejan por todo, no sé si les suena. Y en eso estaba cuando de repente una canción en la radio me cambio el switch de una forma inesperada. Si, una canción. No era precisamente Beyonce, pero podría haber sido. Podría haber sido Lady Gaga, o Mon Laferte. Pero en esa época el feminismo no estaba de moda, de modo que fue un hallazgo afortunado, unas Riot Grrrls por aquí y por allá, y el inicio de una transformación bien rara, porque es raro sentir que una se transforma en lo que en realidad de alguna forma siempre fue, ir relacionando cosas, encontrando palabras para describir situaciones incomodas o dolorosas.
Guardo, como sea, buenos recuerdos de esos días, en que a las feministas las tuve que buscar con lupa. Por un buen tiempo no me quedo otra que leer sola e informarme, ir a las marchas (junto a otras 20 personas a lo sumo) y dar la lata en mi carrera, donde votamos junto a otras/os compañeras/os por un electivo de género que, si bien obtuvo mayoría, no fue considerado. Tuve algunos flechazos feministas por Fotolog, gané una que otra amiga y un pelito de experiencia en armar colectivos fallidos. En esos días, cuando no vivías en Santiago ver un colectivo feminista era cosa rara, ver dos, más aun, pero lo que no era raro es que estuvieran en contra uno del otro. Que se acusaran entre ellas de ser muy institucionales, de no contemplar las ideas de un feminismo anti a, b o c. De ser muy jóvenes, o muy viejas (o no sabían suficiente de feminismo o no eran lo suficientemente rebeldes). De no ser, básicamente, perfectas, de no actuar en base a una cierta moral feminista nunca muy explícita porque, claro, ¡las feministas no somos moralistas! Me tomó un buen tiempo encontrar un lugar en esas batallas: pensaba que tenía que elegir entre un lado u otro. Después de un tiempo me acostumbre, me obsesione pensando en los pros y contras de relacionarse con las instituciones, y con el tiempo fui entendiendo que las divisiones eran muchísimas más que esas. Es más, no las iba a resolver yo. No las iba a resolver tampoco mi colectivo, yo no iba refundar el feminismo en torno a los problemas “verdaderamente importantes” de las mujeres. En conclusión, yo no le iba a decir a las otras cómo ser una verdadera feminista. Iba a hacer lo posible por que conversáramos las cosas de frente, por reestablecer las confianzas que, en Chile, desdibujo la Transición poniendo a unas feministas de un lado y a otras feministas del otro. Y porque cada vez se sumaran más y más personas dispuestas a decir que eran feministas, una palabra que aun para muchos/as es un tabú. Aun es difícil para muchas mujeres defender un ideario que nos ponga en el centro, que nos permita describir la violencia, la frustración, o la esperanza de encontrarse con otras en las calles. Que nos ayude a entender y explicarle al resto que no se trata de “igualitarismo” ni “humanitarismo”, que para que todas y todos tengamos los mismos derechos y una vida libre de violencia, son unos los que tienen que renunciar a sus privilegios, y otras las que tienen que hacer valer sus derechos.
Por eso me genera tanta frustración ver que hoy, que el feminismo es admitido en cada vez más espacios (desgraciadamente no en todos), seguimos gastando tanta tinta en y tiempo en apuntarnos con el dedo y acusarnos de ser de un feminismo que no nos gusta, de un feminismo muy liberal o muy de izquierda, o muy institucional o muy queer (o muy poco queer).
Por supuesto hay límites. No basta con declarase feminista, hay que hacerlo parte de una práctica. Una práctica no solo personal; está bien ser capaz de decidir si te depilas o no, de tirarle de vuelta un par de garabatos a un acosador en la calle, de ser feliz viviendo sola con tus gatos sin necesitar una pareja. Pero hace falta más que eso. Hace falta armar lazos con otras. Apañarnos. Tejer con otras rebeldías, como decía Julieta, por la emancipación de todas. Esa es la única medida de mi “feministómetro”, pero no es cosa fácil. Excluye a quienes levantan la bandera del feminismo con fines que no sean esos, pero no a las feministas que se suman, desorientadas, entusiasmadas, ávidas de discusión y acogida, no de un tribunal calificador. Incluye a las lesbianas, las bi, las hetero y a las heterocuriosas. A las trans, a las migrantes, a las víctimas de la violencia obstétrica, a las niñas, las mujeres con capacidades diferentes. A las chorizas y a las introvertidas. A las mapuche. Y a todas las que hoy no pueden parar porque si pierden el trabajo que tienen no hay nadie que las socorra, o porque si un día no venden, no comen ni dan de comer a otros. Porque si no cuidan a otr@s, nadie lo va a hacer por ellas. No intento ser exhaustiva, cualquier enumeración se queda chica ante las opresiones que vivimos las mujeres en este mundo, nunca una a la vez.
Tampoco se trata de aunar todos los feminismos en un solo paraguas conceptual ni menos ideológico, por supuesto yo tengo mi propia postura. Pero si ya acordamos que feminismos hay muchos, ¿cual seria el punto de medir a las otras con la vara de esa postura? Prefiero trabajar por convencerlas, una tarea bastante mas ardua que acusarlas; construir mínimos comunes para que cada cual trabaje desde su espacio.
No se puede descartar la crítica, sobre todo porque no existe un punto de vista capaz de observarlo todo. Pero por eso la diferencia entre feministas es una ventaja y no lo contrario, porque afuera la cosa esta difícil, y porque una sola persona es incapaz de asumir todas las luchas, o incorporar todas las perspectivas, porque ninguna causa es individual (aunque nos intenten convencer de que podemos ser la activista perfecta por una módica suma) y ciertamente no lo es el feminismo, entonces ¿cómo vamos a cambiarlo todo? Necesitamos trabajar coordinadamente, hacernos cargo de las batallas que nos confrontan directamente, solidarizar con las batallas que no, pero que sabemos importantes, o más aun, sabemos que nos interpelan, para bien o para mal; ¿De qué formas me oprime el racismo? ¿Qué privilegios me otorga? ¿Cómo se vive el racismo y como te paras frente a él? Siendo morena, no es algo que me resbale. La primera vez que sentí que no ser blanca era algo hermoso (entiéndase la primera vez después de los años en que mi mama me lo decía cada noche antes de irme a dormir) fue cuando Anita Tijoux respondió a los que la llamaron “cara de nana”. Cosas que pasan en este país donde la gente cree que tener una tez morena o cuidar a otr@s es vergonzoso. La segunda vez fue cuando vi Lemonade, de Beyonce. Sentí que había tanta belleza y rebeldía ahí que todo lo que dijeran sobre las contradicciones de ser una estrella pop y declararse feminista era un mero dilema a resolver, y que iba a ser mucho más entretenido e interesante de resolver con todas las fans de Beyonce que se incorporarían a la lucha y se llamarían también feministas, con letras de neon o sin ellas.
Escribo esto después de muchas desilusiones, después de un tiempo sin salir a marchar por no saber en qué filas o donde estaban las “verdaderas” feministas. Hoy, felizmente, no me importa, marcho con todas, con las nuevas y con las antiguas, las jóvenes y las viejas, con las queer y con las kuir, con las fans de Beyonce, las de Maluma y las de la Anita. Y con mis amigas, lo único que necesito para seguir en esta revolución feminista.

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