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El aborto
Escrito por Verónica Díaz Ramos (Coka)/ Directora Católicas por el Derecho a Decidir/ Valparaíso   
domingo, 30 de septiembre de 2007
Todas y todos estamos familiarizados con el debate público acerca del aborto y tenemos conciencia que se caracteriza por posiciones antagónicas.
Sabemos también que la iglesia católica se ha constituido en una de las principales voces en esta polémica, poniendo siempre su posición como la única e indiscutible, sin escuchar ni entender cualquier otro argumento que pueda ser válido para el resto.
La iglesia, además prohíbe, explícitamente el uso de métodos anticonceptivos, con excepción del ritmo o de la abstinencia periódica, y restringe la educación sexual al ámbito familiar, es por esto que interfiere cuando el estado intenta introducir dentro de los planes de estudios regulares de los educandos, cualquier forma de educación sexual en los colegios catalogándolas como escandalosas y antiéticas, por ejemplo cuando se comenzó con el plan de las JOCAS, la jerarquía de la iglesia católica armó tal revuelo que fue imposible que se continuara con la idea original, pasando por un verdadero cedazo que fue la iglesia católica. La Santa Sede de ninguna manera apoya la anticoncepción o el uso de condones, ni como método de planificación familiar, ni en los programas de prevención del VIH/SIDA.
Duele confirmar, de paso, la paradójica posición de una iglesia que promulga la misericordia y la compasión como valores humanos esenciales y que, a la vez permanece ciega ante la tragedia de miles de mujeres que mueren por abortos mal practicados y sorda ante la expansión de una enfermedad letal como el SIDA. La jerarquía de la iglesia no nos da opciones para no quedar embarazadas porque pone a la mujer en tres planos: madre, esposa o virgen, no hay cabida para que podamos decidir el número de hijos o hijas que nosotras en conjunto con nuestras parejas o solas decidamos tener.
Peor aún es el hecho que son las mujeres pobres las que sufren porque son ellas las que deben recurrir a métodos como alambres oxidados, remedios caseros o personas sin escrúpulos que lucran con una “intervención” para poner fin a un embarazo no deseado. Digo las mujeres pobres porque las que tienen recursos no abortan, ellas pagan por operarse de quistes, apéndices o cualquier cirugía menor o en su defecto simplemente van al extranjero a tener sus abortos de manera segura, sin exponer su salud, su vida ni su libertad.
Sabemos de los abortos clandestinos, pero ¿a quién le importan?, ¿quién se preocupa de las razones que tienen las mujeres que abortan?, ¿quién ve tras ellas el drama de una mujer que debe tomar tan difícil decisión?. La sociedad lejos de ayudar, apoyar o comprender a las mujeres que abortan esconde el problema sin prestar la menor atención, es más, las condena a vivir en el silencio de su accionar, las obliga a vivir con una culpa que muchas veces ni siquiera sienten, las obliga a sufrir por una decisión ética que en el minuto fue la mejor para sus vidas. Nadie tiene autoridad para avergonzarlas porque nuestra relación con ellas no es desde el esquema de pureza e impureza sino desde el respeto, reconocimiento de su autonomía y de su vulnerabilidad frente al sufrimiento.
Por no haber una sola posición que unifique a la iglesia, la biología, la ética, la filosofía ni la medicina, decimos: “Donde hay duda, hay libertad” y ejerceremos nuestro derecho a ser libres, el amor es libertad y elección.



Verónica Díaz Ramos (Coka)
Directora
Católicas por el Derecho a Decidir
Valparaíso - Chile

 


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