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Escrito por Magdalena
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lunes, 26 de junio de 2006 |
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Cuando era niña mi madre era el modelo de todo lo que yo soñaba para mí: revolucionaria, bonita, inteligente, feminista (lo cual era revolucionario dentro de sus propios revolucionarios)... Aunque no vivía conmigo, yo tenía claras las razones: “la causa”, más importante que mis penas cotidianas o las suyas cada vez que nos separábamos. Por supuesto toda esta comprensión era racional, porque igual hubiera sido feliz con ella en mis paseos de curso, saliendo a Fantasilandia o esperándome con el almuerzo listo, como les pasaba al resto de mis compañeros y compañeras de curso; o como salía en las historias del libro de clases: Mamá, Papá, Pepe y Nena. Todos felices, todos en su lugar. El papá trabaja fuera, la mamá limpia, los hijos van al colegio y el fin de semana pasean juntos. Muy niña aprendí que ni yo, ni mi madre, ni mi familia, éramos “normales”, y la verdad me acostumbré y hasta me gustaba a ratos. Hacíamos cosas importantes, teníamos sueños grandes, porque –por supuesto- yo me sentía parte de esa lucha grande y aceptaba mis pequeños sacrificios como un aporte más. La adolescencia, y volver a vivir con ella transformaron mi idolatría en crítica. La cotidianidad me devolvió a la hermosa guerrillera transformada en mujer común y corriente: a veces desarreglada, injusta, y menos madre y más novia de lo que yo necesitaba y esperaba después de tantos años. La vida hippie que planeamos cuando estaba presa fue intervenida por un extra no contabilizado: su nueva pareja, que también opinaba y era bastante menos relajado que nosotras. A pesar de las dificultades creo que nunca mis rabias fueron más grandes que las que el resto presumía, buscando comparar a mi madre con las abnegadas mujeres de las películas y buscando en mí problemas que no tenía. “Pobrecitas”, nos decían a mí y a mi hermana, por algo que no era el principal tormento de nuestras vidas, pero que para el resto era una tragedia griega. Ya con mi hija, y después de dedicarme sistemáticamente a conocer a mi madre y su historia, me convencí de que ella es justamente la madre que quiero tener. No hace todo a mi pinta, porque no soy yo, pero cada vez que ha tomado una decisión ha pensado en mí. A veces ha apuntado, otras no, pero siempre me ha querido. El feminismo me ha legado también un secretillo: para ser felices las mujeres necesitamos conciliarnos con nuestras madres, no importa cómo lo hayan hecho, no vamos a cambiarlas. Y no hay cosa que debilite más a una mujer que estar peleada con la mujer más cercana, su madre. Llegada ya a la adultez se me hace urgente realizar el ejercicio de mirarla como una par, despojarlas su grandeza heredada de la virgen maría y verla con ojos de otra igual. Que por ser mujer ha dado peleas cotidianas y otras históricas para cambiar las vidas de todas. Hoy me encuentro con mi madre al mirarme al espejo. Confundo los nombres igual que ella. Disfruto con una comida rica o una buena conversación, igual que ella. Y hasta tengo un Luis para mí, igual que ella. Pasa el tiempo y nos seguimos encontrando. Y aunque ya no es mi ídola de fantasía, es justo la madre que quiero. |
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Escrito por Alejandra Bottinelli Wolleter (Miembra de la Coordinación Nacional del Movimiento SurDa)
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miércoles, 07 de junio de 2006 |
El supuesto de que las mujeres debemos remitirnos prioritariamente a la esfera privada del hogar goza aún de muy buena salud en nuestra cultura, ello a pesar de que la salida al espacio público de las mujeres, al menos en una de sus formas más visibles como es la participación en el mercado del trabajo, viene creciendo sostenidamente desde hace décadas (aunque sabemos que todavía la inserción en el mercado laboral involucra en Chile a un porcentaje menor de las mujeres -alrededor del 36%-). ¿Por qué pervive con tanta fuerza dicho supuesto, en un contexto en que el propio sistema económico dominante ha asumido como saludable e incluso necesaria para el proceso mismo de capitalización, esta inserción de las mujeres en el mercado laboral? Las respuestas a esta pregunta son múltiples. Desde la perspectiva económica, por ejemplo, se ha señalado que para el modelo de crecimiento postkeynessiano1, fenómenos como el descenso en los salarios reales de los antiguos 'jefes de familia', la incorporación masivamente precarizada de las mujeres al mercado laboral, y la permanencia de la responsabilidad femenina en el hogar, deben ser entendidos como movimientos co-dependientes, que forman parte de una estrategia múltiple apuntada a dar un nuevo impulso a la acumulación de capital. Subrayémoslo: la productivización de la incorporación masiva de las mujeres al mercado laboral tiene como condición sine qua non el asegurar que las condiciones de sustento del domos no varíen fundamentalmente. La asunción de la doble jornada (asalariada y dueña de casa) será por ello la condición base del "nuevo trato" de las relaciones económicas de género. Esta, entre otras explicaciones complementarias, muestra por qué la salida al campo del trabajo remunerado es para las mujeres fuente de tantas tensiones. Tensiones que, por lo demás, son también expresión de una crisis en el propio marco de definiciones que la cultura tradicional proporcionaba respecto de los roles de género: la ideología expresada por la fórmula "madre-esposa dueña de casa + padre proveedor" no se sostiene tan simplemente en este nuevo contexto. Y es que además, la salida misma a lo público genera un innegable deseo de autonomía en las mujeres, deseo al que esta ideología ya no satisface. Las de nosotras que nos insertamos en el espacio público (como asalariadas, como políticas), estamos, por tanto, sometidas a las tensiones concretas que impone un momento de indefinición o definición todavía contradictoria de los lugares precisos en que esta sociedad 'puertas afuera' otorga habitación a las mujeres. En este impasse, sin embargo, sigue aún predominando el discurso patriarcal para el cual la mujer que decide ejercer en el campo público, está con ello poniendo en riesgo sus posibilidades de alcanzar la "esencia" femenina radicada en su capacidad para desempeñarse exitosamente en los roles de madresposa. Por ello en general la labor política en las mujeres sigue siendo considerada sino directamente inadecuada, en general una excentricidad para féminas "inquietas", que amenaza distraernos a las mujeres de nuestro desempeño en los roles "fuertes" del sexo. Hay que tener en cuenta además, que el campo mismo de la política es un lugar marcado, profusamente semantizado como lugar masculino. Construido históricamente por varones en el contexto de sociedades dominantemente androcéntricas y patriarcales, sus lógicas y dinámicas concretas han sido diseñadas para una interacción entre sujetos autoconsiderados dueños de sí, racionales, complejos, pero a la vez heterogéneos, es decir, sujetos diferentes en la igualdad. Y es a ese territorio concreto al que nos hemos comenzado a incorporar las mujeres, consideradas por el discurso tradicional todavía hegemónico, como sujetos incompletos ("devenimos" mujeres en tanto nos constituimos en madresposas), sólo en parte racionales (generalmente volubles e 'impresionables'), y conceptualizadas de manera genéricamente singular (hay "la" mujer, de la cual cada una es repetición). Es por todo ello que nosotras todavía nos asumimos 'insertas' en política, es decir, como 'enquistadas en', como 'inmiscuidas en'... un campo ajeno. Y ello es lo primero que a mi juicio las mujeres que hacemos política debemos ser capaces de asumir: que arribamos a este lugar como entes exógenos, conflictivamente situados en los escenarios de las luchas por el poder. Así, en permanente tensión, observadas por ojos patriarcales que, de una parte, nos miran como afuerinas, de otra nos exigen el oro y el moro (cabeza teórica, cabeza organizativa, intuición, etc.) y de otra están constantemente poniéndonos a prueba en nuestras capacidades para "desprendernos" de una supuestamente provinciana forma de pensar (particularista, no global, no abstracta), pseudo-racional (determinada por voliciones, por apasionamientos) y atávicamente desinformada (las mujeres no fuimos formadas en el estudio, en la lectura, menos en la teoría), las mujeres debemos ser capaces de lograr resistir productivamente a este momento inicial de nuestra incorporación a la política, hasta lograr hacer variar las condiciones mismas de estructuración del campo político. En lo inmediato, es importantísimo trabajar para lograr que la sociedad chilena asuma la inexistencia radical de igualdad de condiciones materiales y culturales para el ejercicio de la ciudadanía política de las mujeres. Pero el paso coherente e inmediato a esa asunción debe ser el otorgar un impulso decidido a la participación política femenina, construyendo iniciativas en orden tanto a alterar las actuales condiciones que impiden la equidad en el ejercicio político, como a dar pasos claros en poner fin a la exclusión de las mujeres de determinadas instituciones (ahora, en aras de una avance real en las reivindicaciones feministas habremos de preguntarnos permanentemente por los lugares en los cuales el poder desigual y excluyente se está reproduciendo y realimentando -¿cuántos thin thank actualmente están conducidos por mujeres?-). En un espacio como el de la política chilena actual, la vocación pública de incidencia de las mujeres mediante el ejercicio político, pareciera resultar una tarea casi titánica. Siendo sostenida por sus actoras a pesar de las múltiples condicionantes que permanentemente presionan su desactivación (la "triple jornada" de trabajo: del hogar, asalariada y política; la lucha contra el menosprecio y la exclusión del machismo imperante, etc.), la práctica política resulta una labor que requiere de nosotras de mucha perseverancia y claridad de objetivos. En este camino de resistencia productiva, no sólo la mayor fuente de incentivo, sino la más efectiva estrategia es propugnar un involucramiento activo de las propias compañeras de viaje en la defensa de los derechos comunes. Avanzar hacia la superación de las nocivas lógicas de competencia entre nosotras (basadas en el supuesto patriarcal de que la única vía de la constitución de las mujeres en sujetos es a través del varón al cual logramos 'ligarnos'); dejar de reproducir prácticas de sobrexplotación de las mujeres en el espacio público (dejar de exigirnos a nosotras mismas el oro y el moro y legitimarnos como seres humanos desiguales y complejos); insistir en la arbitrariedad de la masculinización del poder y especialmente hacer ver la inequidad radical que expresan los espacios políticos constituidos mayoritariamente por varones; instalar las reivindicaciones femeninas como requerimientos de un sector excluido por la política; impulsar decididamente la instalación de mujeres en instancias de decisión política; apoyar y legitimar el aprendizaje colectivo entre mujeres; son algunas prácticas concretas que las mujeres 'insertas' debiésemos incorporar a nuestro ejercicio político cotidiano casi como un "código de buenas prácticas feministas". Así es. Creo que en este momento de resistencia productiva lo más políticamente efectivo, el 'dato' que podría hacer la diferencia en este largo camino de las mujeres por abrirnos lugar en la lucha política en Chile, es la participación crítica de las propias actoras. Dejar de mirarnos a nosotras mismas y a las demás con ojos patriarcales (dejar de auto/explotarnos, de auto/censurarnos, de auto/reducirnos), es desde allí que podríamos inaugurar un nuevo momento, desde esa renuncia radical a la reducción de nuestra humanidad, podría venir sino un verdadero cambio de mundo en política, sí al menos la conformación de espacios en que las mujeres podamos desplegar nuestras diversas potencialidades y comenzar, ahora sí, a debatir en igualdad de condiciones. 1 no digo "neoliberal", porque creo que en Latinoamérica especialmente deberíamos hablar de una expresión histórica más complejamente articulada que lo que señala la teoría "neoliberal".
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Escrito por María
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lunes, 08 de mayo de 2006 |
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Si pudiera describir en pocas palabras cuáles son mis trancas respecto al cuerpo, debería decir que fue no tenerlas. Desde muy chica me burlaba de las mujeres que sufrían por detalles que me parecían irrisorios. Que el rollo -en muchas yo pensaba, "¿cuál rollo?"-, que la poca cintura, que la nariz grande, que las piernas gordas, que las piernas flacas, que los labios delgados, que el poto caído. Conseguir amigas se volvió muy difícil, pues me costaba encontrar quienes no estuvieran preocupadas de estos detalles ni de cómo solucionarlos o disimularlos. En general, mis amigas se clasificaban entre las reprimidas, provenientes de familias muy conservadoras que luchaban por evitar que sus hijas pudieran parecer atractivas, sexys o con estilo; y las desgarbadas, generalmente hippies, cuya despreocupación incluía, por ejemplo, no lavarse el pelo. Había algo peor. Me fui dando cuenta de que el motivo de esta preocupación enfermiza por el cuerpo eran otros, los hombres. Cuando esta idea se hizo evidente confirmé que tenía razón. Yo era quien estaba liberada de esta forma de opresión que significa el culto a la belleza. Hasta aquí todo bien, si no es por un detalle: a mí tampoco me gustaba mi cuerpo. Usaba el pelo corto, casi rapado, porque tenía muchos rulos y al tenerlo largo parecía leona; tenía un sobrepeso notorio, del cual incluso me vanagloriaba en público, pero que sufría en silencio cuando por obligación me enfrentaba al espejo estando desnuda; usaba ropa muy ancha; mi postura era encorvada; cuando me sentaba de perfil empuñaba la mano y la ponía sobre mi nariz para no mostrar su desviación. "La verdad, no me importa", eso respondía cuando alguien me proponía bajar unos kilos o usar ropa que me sacara partido. Pero esa no era la verdad. Sucedía que el tema me dolía, tanto como a las que lo enfrentaban públicamente y se quejaban de los detalles que las molestaban. Pero estaba confundida y no quería luchar por algo que en el fondo podía ser para el disfrute de otros. Pocas veces una tiene revelaciones en la vida, pero este fue el caso. De a poco me fui dando cuenta de que sí puede existir un equilibrio y que a eso debemos tratar de tender. Desde un determinado momento sí quería preocuparme del tema, sí quería verme bien, caminar erguida y con orgullo, quería hacerlo por mí misma. Tal como las mujeres de muchas tribus cuyos rituales se basan en el adorno, como una forma de celebrar estar en el mundo material, el estar vivas; comencé a celebrarme cada día. Primero la ropa: me dediqué a combinarla, a usar colores muy fuertes y a transformar algunas prendas. Seguí con los accesorios: aros grandes, pulseras, collares, pinches, y trabas llamativas que amarraban mi pelo crespo, el que decidí dejarme crecer y llevar suelto. Hoy, tres años después de esa revelación, peso veintinueve kilos menos, me miro mucho al espejo y me demoro en salir porque me arreglo, me celebro y disfruto de la conciencia, de la posibilidad de tener el control sobre mi cuerpo. Porque no es magia: yo decido lo que como, yo hago ejercicio y disfruto de mi cuádricep apretado y mi capacidad de elongación, yo me limpio la cara y me echo crema porque, la verdad, sí me importa, yo me importo.
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Escrito por Magdalena
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lunes, 08 de mayo de 2006 |
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Cuando era niña me cargaban mis pies, sobre todo los dedos de mis pies. Por eso no me gustaban las chalas, y si usaba que fueran bien cerradas. No me gustaba mi pelo liso, lo quería ondulado y voluminoso, ojalá rojo, y tampoco me gustaban mis uñas porque me las comía. Y así podría hacer una larga lista de todas las cosas que no me han gustado de mi cuerpo, como supongo que podrían hacerla la mayoría de las mujeres. Pelear con lo más nuestro que tenemos, nuestro cuerpo, es conflicto obligado para todos, y sobre todo para nosotras. Empecé a pololear y me cargaban mis pechugas. En mi familia ser muy baja era lindo (muy femenino pareciera ser) pero las pechugas grandes no gustaban entre mis tías, todas planas. Yo, que además quería ser bailarina de ballet, soñaba con esos cuerpos fibrosos, con torsos casi planos y pezones pequeñitos como de estatua griega. Y mis pechugas no se parecían a las estatuas. Hasta que me di cuenta que a mis pololos les gustaban mis pechugas, y empezaron también a gustarme. Desde que me pegué una engordada de diez kilos, pienso dos cosas cada vez que algo de mi cuerpo no me gusta: primero que en un futuro puede estar peor - y por lo tanto "aprovéchalo mujer"- y, segundo, que con este cuerpo voy a vivir hasta el último de mis días, así es que mejor nos ponemos en la buena. Ahora que ya tuve una hija, con las consabidas transformaciones en mi cuerpo, veo a las mujeres en la micro -sobre todo a las más jóvenes, ¿estaré envejeciendo?- y las encuentro lindas a todas. Hasta la más narigona puede tener una piel de porcelana, y la de dientes chuecos, tiene lindas piernas, ojos brillantes, arruguitas en los ojos que la hacen ver coqueta, manos suaves, o un olor rico. ¿Se han fijado que hay gente que deja rico olor en la ropa aunque no use perfume? Y lo que me da lata es que la mayoría de las mujeres no se han dado cuenta de lo lindas que son, y deben sufrir igual que yo por mis pies feos. En la enseñanza media un día tuve una revelación con respecto a la belleza, después de escuchar a muchos hombres y mujeres hablar de lo que encontraban lindo en las otras personas: siempre hay alguien en el mundo que sueña, y cuando piensa en lo hermoso imagina a alguien exactamente como uno. Porque a veces lo que nos mata en otra persona son detalles como esas gotitas de sudor en la nariz (se lo escuché a un hombre, no es invento), unas manos tibiecitas o los gestos que alguien hace enchuecando la boca. Si eso de que en gustos no hay nada escrito es la pura verdad: cuando subí diez kilos y después de mucho sin ver a mi abuelo, su comentario fue "ahora si que se puso bonita usted, parece mujer, antes era como niñita". No es cierto tampoco que tenga todo resuelto, una nunca acaba esta pelea. Me pego una engordada y me preocupa, por salud y estética, y me encanta arreglarme; pero ya no me escondo porque SÉ que soy linda. MUUUUUUUY LINDA. Y que mi cuerpo, es el trazo de mi vida, de la que estoy orgullosa. Con este cuerpo he llorado, tenido orgasmos y extrañado a los que ya no están. En él cargué a mi hija y le di pecho, con él conquisté hombres lindos, bailé como loca y trabajé. Sentí frío y arena en verano, imaginé revoluciones y me hice feminista. Así es que me quedo con él cien por ciento.
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