Es mentira que a las feministas no nos interesa ser mamá. Yo soy feminista y me encanta. Sólo que la vivimos cuestionando, buscando nuevas maneras, tratando de hacer lo que deseamos y no lo que debemos. En mi caso, parir a mi hija y dedicarle mucho tiempo es puro fruto del deseo.
Y mientras más disfruto de mi hija, más creo en la planificación, las píldoras de emergencia y el aborto. Porque ella es producto de mis ganas y mi decisión de restarme tiempo para dedicárselo. No porque sin eso sería menos mujer, no porque la familia lo esperaba, no porque me pasó. Si no porque al preguntarme qué me importaba realmente en la vida, me di cuenta de las ganas que tenía de vivir esta experiencia.
Y me da lata tanto cabro chico y cabra chica parida por las normas. Me da pena cuando hablan y nadie los escucha, cuando no hay tiempo para ellos/as porque nunca fueron prioridad, cuando son producto de casualidades y no de conversaciones y ratos de pensar en solitario, pareja o colectivos cómo quiero criarla, qué quiero que aprenda, cómo quiero que conozca el mundo.
5 años demoré en convencer al padre de mi hija que la tuviéramos y valió la pena tanto esfuerzo retórico. Así como lo veo yo, criar es todo un desafío. Conocerla, adaptarme a las nuevas circunstancias, disfrutar con ella y hacerla parte de mi mundo. Experimentar formas nuevas de contarle la vida, de transformarla en mujer luchando contra lo restringido de concepto.
A ratos me resulta y a veces es un fiasco. Se viste de princesa como la más tradicional de las niñitas y al mismo tiempo cuando le digo que a veces los adultos mienten me pregunta ¿y las adultas?, y no logra entender por qué en la tele el protagonista no puede contarle a su padre que tiene pololo siendo hombre.
A veces me agota y otras me repleta de energías. En algunas oportunidades quiero un tiempo fuera, leer, estar sola, detener tanta demanda. Y al rato quiero verla de nuevo y escuchar sus extrañas historias sobre amores y muerte, cárceles y sangre que la gente se toma; brujas que son buenas, muñecas amordazadas y sirenas niñas.
Porque ser mamá es loco. Implica dejar de ser el centro del mundo, apartar la vista del ombligo propio y ocuparse de otra persona. Y claro, hay mujeres que han hecho eso toda su vida sin ser mamás. Para las otras el desafío es grande. Y los resultados -los míos- es conocer un tipo de amor que no se parece a los otros, que no tiene que ver con el tiempo, ni con el grado de conocimiento, ni con lo que te dan a cambio. Porque cuando has esperado expectante y ves la cara hinchada saliendo de adentro tuyo, es raro darse cuenta que quieres a esa personita más que a todos los otros que se han desvivido por ti durante largos años.
Y un beso pegoteado en la mañana, dibujos donde la imagen de una es muy grande, millones de regalos de cualquier tipo y envueltos en cualquier cosa, y ver cómo se va transformando. Y el resultado inevitablemente tiene mucho que ver con lo que hiciste.
A mí ser mamá me ha encantado y lo repetiría. Me gustó el embarazo, me gusto que se moviera, y me encantó el rato de darle teta y los ruiditos de gusto que hacía. Me gusta ver películas de monitos, y buscar en la oferta fílmica esas pocas en que no todas las mujeres son rubias, ni estáticas, ni malas o eternamente buenas. Y ahora verla ya niña, escucharla, mirarla.
A mí me encanto. Pero no creo que sea instinto. Para mí ha sido fascinante, pero no creo que para todas tenga que ser igual. Porque en la vida en general y en la relación que cada una tiene con el ser madre no hay recetas. Es una búsqueda tan personal como la carrera que queremos estudiar, el trabajo con el que queremos mantenernos, las amigas que escogimos para acompañarnos en la vida, o la pareja que nos hace vibrar. Y como buen plato lo mejor es siempre ese ingrediente que añadimos a partir de la experiencia propia y las ganas tremenda de que nos quede exquisito.