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Todas las columnas de opinión
La maternidad: Mis desafíos cotidianos
Escrito por Magdalena   
martes, 21 de agosto de 2007
Es mentira que a las feministas no nos interesa ser mamá. Yo soy feminista y me encanta. Sólo que la vivimos cuestionando, buscando nuevas maneras, tratando de hacer lo que deseamos y no lo que debemos. En mi caso, parir a mi hija y dedicarle mucho tiempo es puro fruto del deseo.
Y mientras más disfruto de mi hija, más creo en la planificación, las píldoras de emergencia y el aborto. Porque ella es producto de mis ganas y mi decisión de restarme tiempo para dedicárselo. No porque sin eso sería menos mujer, no porque la familia lo esperaba, no porque me pasó. Si no porque al preguntarme qué me importaba realmente en la vida, me di cuenta de las ganas que tenía de vivir esta experiencia.
Y me da lata tanto cabro chico y cabra chica parida por las normas. Me da pena cuando hablan y nadie los escucha, cuando no hay tiempo para ellos/as porque nunca fueron prioridad, cuando son producto de casualidades y no de conversaciones y ratos de pensar en solitario, pareja o colectivos cómo quiero criarla, qué quiero que aprenda, cómo quiero que conozca el mundo.
5 años demoré en convencer al padre de mi hija que la tuviéramos y valió la pena tanto esfuerzo retórico. Así como lo veo yo, criar es todo un desafío. Conocerla, adaptarme a las nuevas circunstancias, disfrutar con ella y hacerla parte de mi mundo. Experimentar formas nuevas de contarle la vida, de transformarla en mujer luchando contra lo restringido de concepto.
A ratos me resulta y a veces es un fiasco. Se viste de princesa como la más tradicional de las niñitas y al mismo tiempo cuando le digo que a veces los adultos mienten me pregunta ¿y las adultas?, y no logra entender por qué en la tele el protagonista no puede contarle a su padre que tiene pololo siendo hombre.
A veces me agota y otras me repleta de energías. En algunas oportunidades quiero un tiempo fuera, leer, estar sola, detener tanta demanda. Y al rato quiero verla de nuevo y escuchar sus extrañas historias sobre amores y muerte, cárceles y sangre que la gente se toma; brujas que son buenas, muñecas amordazadas y sirenas niñas.
Porque ser mamá es loco. Implica dejar de ser el centro del mundo, apartar la vista del ombligo propio y ocuparse de otra persona. Y claro, hay mujeres que han hecho eso toda su vida sin ser mamás. Para las otras el desafío es grande. Y los resultados -los míos- es conocer un tipo de amor que no se parece a los otros, que no tiene que ver con el tiempo, ni con el grado de conocimiento, ni con lo que te dan a cambio. Porque cuando has esperado expectante y ves la cara hinchada saliendo de adentro tuyo, es raro darse cuenta que quieres a esa personita más que a todos los otros que se han desvivido por ti durante largos años.
Y un beso pegoteado en la mañana, dibujos donde la imagen de una es muy grande, millones de regalos de cualquier tipo y envueltos en cualquier cosa, y ver cómo se va transformando. Y el resultado inevitablemente tiene mucho que ver con lo que hiciste.
A mí ser mamá me ha encantado y lo repetiría. Me gustó el embarazo, me gusto que se moviera, y me encantó el rato de darle teta y los ruiditos de gusto que hacía. Me gusta ver películas de monitos, y buscar en la oferta fílmica esas pocas en que no todas las mujeres son rubias, ni estáticas, ni malas o eternamente buenas. Y ahora verla ya niña, escucharla, mirarla.
A mí me encanto. Pero no creo que sea instinto. Para mí ha sido fascinante, pero no creo que para todas tenga que ser igual. Porque en la vida en general y en la relación que cada una tiene con el ser madre no hay recetas. Es una búsqueda tan personal como la carrera que queremos estudiar, el trabajo con el que queremos mantenernos, las amigas que escogimos para acompañarnos en la vida, o la pareja que nos hace vibrar. Y como buen plato lo mejor es siempre ese ingrediente que añadimos a partir de la experiencia propia y las ganas tremenda de que nos quede exquisito.

 
Gato por Liebre
Escrito por Francisca Licarayen Araya/ Periodista, Integrante Coordinadora Feministas Jóvenes   
jueves, 02 de agosto de 2007
Elija el epígrafe que más le acomode para la siguiente columna interactiva:

1.- Fernando Villegas o la decadencia del debate
2.- Fernando Villegas o la enajenación disfrazada de irreverencia
3.- Fernando Villegas o el tuerto en el reino de la farándula
4.- Fernando Villegas o el bravucón que quería ser intelectual
5.- Fernando Villegas o el monólogo de la banalidad

Advertencia: Esta no es una columna sobre Fernando Villegas. No, Fernando Villegas es la metáfora de nuestra decadencia cultural (*ver nota al finald e la columna).
 
Verguenzas: Cuando me miran
Escrito por María   
lunes, 16 de julio de 2007

Hay un poema de Gabriela Mistral que se titula “Vergüenza” y que dice así en unos versos: “Si tú me miras, yo me vuelvo hermosa (… ) Tengo vergüenza de mi boca triste, de mi voz rota y mis rodillas rudas; ahora que me miraste y que viniste, me encontré pobre y me palpé desnuda”.

Si él me mira, me vuelvo hermosa, aunque en el fondo sé que soy una mujer que no encaja en los cánones de los concursos de belleza. Eso pareciera decir la Mistral con este poema desgarrador que muestra a una mujer insegura y con necesidad de sentir que alguien la quiere, a pesar de todo.

¿Cuántas veces muchas de nosotras hemos tenido vergüenza por ser como somos? Gordas, chicas, flacas, morenas, indígenas y todos esos calificativos que no son “linda”, ni “hermosa”, ni "atractiva".

Qué difícil es asumir, cuando nuestra inseguridad supera con creces nuestra autoestima, que no somos las más bellas y que eso no importa, que es un detalle, que todas somos diferentes y que vamos construyendo nuestra vida en base a cosas más importantes y menos efímeras que un buen culo, una cintura de avispa o unos ojos claros.

Pero claro, decir que siempre nos aceptamos sería mentir en casi todos los casos. Nuestras vidas están siempre plagadas de vergüenza, del no ser como se debe, de no corresponder a lo que es “ser mujer”, de golpearnos continuamente contra las paredes de los prejuicios.

Con este tema de la vergüenza siempre recuerdo un cuento del peruano Bryce Echenique, que se titulaba “Muerte de Sevilla en Madrid” y que contaba la historia de un joven que siempre tuvo vergüenza de su estirpe indígena, de su pelo negro y grasiento, de su piel que no era blanca, sino café o gris como la de sus antepasados. Todo muy lejano de la belleza que le mostraban los libros que tanto atesoraba.

Y si en esta columna cito a la Mistral y a Bryce, aunque se me quedan en el tintero muchos nombres de escritores que hablaron sobre la vergüenza, es porque precisamente hubo un tiempo en mi vida, en que sentía tanta vergüenza de ser como era, que me dediqué a leer incansablemente, coleccionando experiencias que no eran las mías. Y además logré “cultivarme”, para enfrentar el mundo como “inteligente”. Ya que no era linda, tenía que tener otra gracia, pensaba yo.

Comencé esta columna con un verso de Gabriela Mistral, en que nos dice que la mirada de los otros es la que nos vuelve hermosas. Yo propongo que sean nuestros ojos los que nos indiquen que tenemos todo el derecho a ser como somos y que la “hermosura” es sólo una forma de controlar nuestras ansias de ser libres.

 
Verguenzas: Las contradictorias feministas
Escrito por Magdalena   
lunes, 16 de julio de 2007
La peor de las vergüenzas que puede tener una feminista es ante sus propias compañeras de batalla, las otras feministas. Una vergüenza nefasta pero común cuando miro a mi alrededor.

Vergüenza por el novio que deja mucho que desear y repite patrones machistas, vergüenza porque los kilos demás sí nos importen, vergüenza de admitir que a veces la monogamia nos funciona mejor que el amor libre.

Se supone que debemos seguir ciertos preceptos que no se sabe cuándo acordamos y que se transforman en jaulas, cuando precisamente lo que buscamos en el feminismo es libertad.

Y claro, las cosas comienzan a complicarse porque dejamos de aceptarnos tal cual somos. Pasamos de tipo descueve en tipo descueve, cuando quizás el que en realidad nos haría feliz es bastante más quitadito de bulla, menos ostentosamente liberal de la boca para afuera, pero mucho más jugado en la práctica. Y a veces capaz de querer incluso sin comprender a cabalidad todas las rebeldías nuestras.

O nos quedamos solas, esperando la llegada de ese perfecto que no llega, sobre todo porque no existe; menos ahora que las mujeres hemos dado grandes saltos y la mayoría de ellos se quedó sin saber qué papel jugar, ahora que los machos peludos, hediondos y violentos pasaron de moda. Al menos para nosotras.

La vergüenza al qué dirán, y especialmente la vergüenza ante el “qué dirán mis compañeras feministas” es especialmente nefasta por dos cosas: Primero porque si realmente queremos cambiar características que no están acorde con lo que deseamos ser -por ejemplo no aceptar los cuerpos que tenemos- no hay peor manera que autonegarse las trancas y herencias patriarcales con la que incluso la más coherente de las feministas carga, solamente por no ser marciana.

Y segundo porque entonces nos coartamos precisamente esa libertad que encontramos al asumirnos feministas, y es ahí cuando pasamos de una jaula a otra, menos masiva pero igual de estrecha.

Finalmente la lucha contra la sociedad sexista es sobre todo maravillosa porque la hacemos mujeres comunes y corrientes y no heroínas estáticas. La hacemos día a día mujeres contradictorias, diversas, y que a veces somos simplemente felices también volviendo a sentirnos desarmadas cuando un EL nos mira, revolviéndonos las entrañas.
 
Sobre la PAE ¿Quiénes batallan en nuestros cuerpos?
Escrito por Isabel Aguilera/Socióloga, integrante Coordinadora Feministas Jóvenes   
viernes, 22 de junio de 2007

En relación a la concepción y la anti – concepción, el cuerpo femenino es mucho más que el espacio donde se desarrollan ambos procesos. Es el territorio donde libra una lucha, territorio conformado por esa lucha y territorio que expresa esa lucha.  No hay en él nada natural, nada dado, no tiene un destino ni una función, solo es en la medida que se hace, no es el origen de nuestra opresión, ni su causa, es la consecuencia de nuestra opresión.

 

 
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