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No voy a opinar sobre el aborto terapéutico, sino sobre el aborto a secas. La interrupción de un embarazo no deseado, por las razones que sea. En mi opinión, debería considerarse un derecho el que cada persona tenga el pleno control de sus capacidades reproductivas. Se trataría de un derecho que, por razones biológicas, podría ser ejercido de manera diferente por hombres y mujeres. Dado que el embarazo y el parto ocurren en el cuerpo de las mujeres, éstas son las que deberían tener la primera y última palabra sobre la interrupción o continuación de un embarazo. No creo que el hombre que haya contribuido a crear la situación de embarazo tenga el mismo derecho a decidir sobre su continuación o término que la mujer que experimentará el dicho embarazo-parto. Creo que el derecho a tener el control de las propias capacidades reproductivas se inscribe en un derecho más general a disponer del propio cuerpo. La sociedad puede debatir, proponer, constituir opiniones hegemónicas, pero no debería poder imponer una experiencia tan radical para la propia vida como es el tener un/a hijo/a. Pienso que estas ideas parecen “radicales” porque el control de las mujeres de su propio cuerpo no es algo demasiado común en nuestra cultura. Múltiples formas de poder buscan administrarlo desde la infancia. Pautar su movilidad, programar sus gestos, definir el canon de belleza al que debe ajustarse, usarlo como objeto que se transa en el mercado de la publicidad son sólo algunas de las formas en que las mujeres experimentamos la expropiación de nuestro cuerpo. Es en ese contexto que el auto-control de las propias capacidades reproductivas por parte de las mujeres, parece “fuera de lugar”. A pesar de esto muchas mujeres, desde siempre, se las han ingeniado para sustraerse, al menos de manera parcial, al control social del cuerpo femenino. Sin embargo, el tema específico del control de las propias capacidades reproductivas ha sido y sigue siendo uno de los más duros y difíciles que toda mujer se ve obligada a enfrentar en algún momento de su vida. Múltiples instituciones la cercan: iglesias, tribunales constitucionales, leyes, ideología médica dominante, medios de comunicación, partidos políticos, y en el caso especifico de Chile, hasta un decreto de última hora de la dictadura. Pero el caso es que en Chile, existe el aborto. No se trata de legislar para que las mujeres puedan decidir si interrumpen un embarazo o no. Desde siempre, muchas mujeres --en una suerte de acto de "desobediencia civil"-- han ejercido sus derechos reproductivos. El problema no es aborto sí o aborto no. El problema es si vamos a continuar haciendo del ejercicio de controlar las propias capacidades reproductivas un delito que se castiga con cárcel o vamos, alguna vez, a terminar con esta situación. Si vamos a continuar con el doble estándar de proveer abortos en condiciones de seguridad para quienes puedan pagar el alto precio de un aborto ilegal y abortos en condiciones de alto riesgo para quienes no pueden pagarlo. Cuando uso la expresión “derecho a controlar las propias capacidades reproductivas” no estoy usando un eufemismo para evitar decir “derecho al aborto”. Yo no creo que abortar sea un derecho. Hacerse un aborto es una de las muchas maneras en que una mujer puede ejercer el derecho a tener el control de sus capacidades reproductivas, en el contexto, insisto, de un derecho más general a decidir sobre todo aquello que compromete su cuerpo. No todos/as los/as miembros de una sociedad tienen que compartir este punto de vista sobre el tema. Pero ninguna persona o institución debería poder arrogarse la autoridad de disponer del cuerpo de una persona (mujer, en este caso) y decidir por ella que debe llevar a término un embarazo no deseado. |